El diploma y la antigüedad no son garantía de nada
El profesional que menos se mueve es el que más tiene para perder.
Por Nicolás Fernández Löbbe (Socio en Biset+Fernandez Löbbe. Expertos en Búsqueda y Selección Ejecutiva)
En la Argentina de hoy, el que menos tiene fue, paradójicamente, el primero en moverse: el repartidor, el chofer de aplicación, el que multiplica changas para llegar a fin de mes, ya aprendió a vivir de varios frentes a la vez, sin plan de carrera ni red de contención. Miremos ahora al otro extremo de la mesa: el profesional universitario, con el título enmarcado en la pared y veinte años de carrera en relación de dependencia, que muchas veces sigue actuando como si el mundo del trabajo no hubiera cambiado. Ahí aparece la paradoja que menos se nombra: el que tiene el diploma, la antigüedad y la estabilidad es, con frecuencia, el que se aferra con más fuerza a un modelo que ya dejó de existir.
Cuando la empresa era sinónimo de útero
Esa rigidez no nació de la nada. Durante buena parte del siglo XX, la gran empresa —sobre todo la estatal, antes de las privatizaciones— funcionó como una especie de útero corporativo: daba trabajo, daba identidad, daba jubilación, daba pertenencia. «Ponerse la camiseta» no era una metáfora vacía: era, literalmente, el contrato. Empleado y empleador vivían en una simbiosis donde uno le daba sentido de vida al otro.
Las privatizaciones de los 90 rompieron esa lógica. De un lado: se licuó la protección y cayeron las estructuras que sostenían ese pacto. Pero del otro, el del profesional, la mentalidad quedó bastante más intacta de lo que nos gustaría admitir. Seguimos educando y contratando gente para un contrato que, en los hechos, ya no existe.
Y ahora llegó la IA, que no negocia con nadie
Justo cuando ese acuerdo terminaba de romperse, apareció la siguiente ola: la inteligencia artificial. Y con ella, no hay título que pueda hacer de escudo protector. El estudio GDPval de OpenAI, que evaluó a profesionales con un promedio de 14 años de experiencia en tareas reales de su trabajo, identificó 44 ocupaciones donde la IA ya ejecuta tareas con calidad comparable a la de un especialista senior, en una fracción del tiempo y del costo: abogados, contadores, auditores, project managers, periodistas, ingenieros, personal administrativo. No es la changa la que está en la mira esta vez. Es el escritorio.
Un dato más fino, de un análisis de exposición a IA de Anthropic, complica aún más el cuadro: los trabajadores en las ocupaciones más expuestas tienden a ser, en promedio, mayores, más educados y mejor pagos. La ola no viene primero por los que menos tienen para perder. Viene por los que construyeron toda su identidad profesional alrededor de un rol fijo.
El error de creer que «los jóvenes sí, los grandes no»
Aquí hay que tener cuidado con la lectura fácil. No hay evidencia sólida de que los profesionales senior se adapten peor por elección propia. Encuestas locales muestran que los mayores de 45 años que no logran reinsertarse casi nunca señalan a la tecnología como la barrera: señalan la discriminación por edad y la falta de oportunidades. El problema, muchas veces, no es que no puedan adaptarse. Es que el mercado no los deja intentarlo.
La verdadera línea divisoria no pasa por la edad ni por el título. Pasa por la disposición a soltar la idea de que un solo rol, en una sola empresa, alcanza para sostener una carrera de acá a veinte años —y por cuánto margen da el entorno de una persona para poner esa idea a prueba.
¿Y esto qué exige?
A las organizaciones les toca dejar de vender la pertenencia eterna como si todavía fuera moneda corriente, y empezar a competir por otra cosa: proyectos que desafíen, aprendizaje real, la posibilidad de crecer sin esperar veinte años arriba de la escalera. Lo que los mejores empleados salen a buscar fuera de la empresa en la que trabajan hay que empezar a ofrecerlo adentro, porque si no se lo dan ahí, lo conseguirán en otro lado.
Al profesional le toca soltar la fantasía de que el título y la antigüedad alcanzan para sostener una carrera durante veinte años. De todos modos, tranquilidad! No hace falta renunciar ni volverse freelance de un día para el otro: alcanza con entrenar, desde adentro de la relación de dependencia, la misma costumbre que hoy sostiene al que vive de proyectos: aprender rápido, moverse entre tareas distintas, no depender de un solo lugar para sentirse seguro.
El diploma sigue sirviendo. Lo que ya no alcanza es creer que solo alcanza con eso.








